31 oct 2009

Mariana Ianelli (Brasil)

Passagens

Imaginamos – “já basta”,
Mas ainda era preciso
Que nos misturássemos aos mortos,
Que cedêssemos juntos
E nos causássemos asco
Por termos assistido de frente
Ao nosso estado miserável.
Uma história de séculos parou,
Desprovida do governo dos homens,
Talvez por um segredo mau
Que nos induziu a entoar em falsete
Uma prece unânime pela derrota.
Dos lugares de passagem
Não fica o espaço transitório do nosso corpo,
Mas a lembrança de terem abolido
O nosso convívio com a terra
Durante os trabalhos e os cantos.
Dessa fraqueza que entorpece
Sobe um cheiro de coisa pestilenta
Que pega nas mãos, na veia importante,
Na nossa cabeça já muito doente.
Todos nós caímos em desgraça.



Eu escrevi a minha desventura.
Uma única noite em dez anos
E o seu poder sobre mim estava consumado.
Talvez eu não devesse dizer, mas
Na escuridão eu desci, renascendo.
Entendi o alento das multidões
Quando cantam com sua fé
Tão impregnada de ignorância.
Estive entre os homens comuns
Que exibem na pele o signo da revolta,
Também eu gravei na minha pele
O sentimento da intolerância.
Desejei alguém para animar essa existência
Que no silêncio eu via diariamente morta.
Desde então percebi em mim
A tua forma satânica,
Um par de asas negras fechadas sobre a face,
Uma beleza de tal modo cinzenta
Que eu te chamei como quem chama a si próprio.



Tinha de ser o caos.
A descida do pai libertou
O demônio confinado nos seus filhos.
Pela fantasia de infringir,
Pela analogia do sangue,
Os herdeiros da casa velha se engalfinham.
Chovia no caminho de tábuas,
Ao pé da escada do pátio, a lama cheirava bem
E a infância mostrava suas vísceras.
Hoje, muito tempo separa os irmãos
Deste primeiro conhecimento da vida.
Desapareceram as imagens que a lembrança discernia
De todo o imenso cortinado de ilusões,
O pátio envelheceu como envelheceram os meninos
- Sem dar pela ruína da transformação.
O luto da família, que se cumpre com disciplina,
A tradição das noites de ofício na voz do pai,
O culto das letras eruditas,
Tudo isso ardeu no fogo de um sabá.
Deitados na mesma cama, ensandecidos,
Os irmãos se possuem. E gritam.



Oráculo de uma só resposta,
Entrega amor aos teus discípulos,
Enfarta-os com o amor
Que é sumo veneno para quem pensa,
E nenhum deles ousará novamente
Entrar nos teus mistérios.
Diz que uma febre se esconde
No seio do próximo inverno,
Que os horizontes estão se fechando
Para todos os ascetas.
A iminência de uma tragédia
Acordará os instintos rebeldes
Que vagavam na atmosfera, entre homens,
Como mais um elemento da natureza.
Vê a cólera explodindo,
O vazio aberto pela nostalgia do presente,
Vê a raposa da montanha arreganhando os seus dentes.
Por ti uma aldeia estremece
Ao sentir que o futuro se apressa.
Torna colossal o teu segredo, oráculo –
Traz o temporal, mas não tragas a febre.


Do livro Passagens (ed. Iluminuras, 2003)



Passagens


Imaginábamos – “ya basta”,
pero aún era preciso
que nos mezcláramos a los muertos,
que cediéramos juntos
y nos causáramos asco
por habernos visto de frente
nuestro estado miserable.
Una historia de siglos quedó paralizada,
desprovista del gobierno de los hombres,
tal vez por un secreto mal
que nos indujo a entonar en falsete
un ruego unánime por la derrota.
De los lugares de paso
no queda el espacio transitorio de nuestro cuerpo,
pero sí el recuerdo de habérsenos abolido
nuestra convivencia profunda con la tierra
durante los trabajos y los cantos.
De esa impotencia que más bien estorba
sube un olor a cosa pestilente
que impregna las manos y la arteria,
nuestra cabeza ya muy enferma.
Todos nosotros caímos en desgracia.



Yo escribí mi desventura.
Una única noche en diez años
Y tu poder sobre mí estaba consumado.
Tal vez no lo debiera decir, pero
En la oscuridad yo descendí, renaciendo.
Entendí el aliento de las multitudes
Cuando cantan con su fe
Tan impregnada de ignorancia.
Estuve entre los hombres comunes
Que exhiben en la piel el signo de la revuelta,
También yo grabé en la piel
El sentimiento de la intolerancia.
He deseado a alguien para animar esta existencia
Que en el silencio veía diariamente muerta.
Desde entonces percibí en mí
Tu forma satánica,
Un par de alas negras cerradas sobre el rostro,
Una belleza de tal modo cenicienta
Que te llamé como quien estuviera llamándose a sí mismo.


Tenía que ser el caos.
El descenso del padre liberó
El demonio confinado en sus hijos.
Por la fantasía de infringir,
Por la analogía de la sangre,
Los herederos de la casa vieja se agarran uno al otro.
Llovía sobre el camino de tablas,
Al pie de la escalera del patio el barro olía bien
Y la infancia mostraba sus vísceras.
Hoy, demasiado tiempo separa a los hermanos
De este primer conocimiento de la vida.
Desaparecieron las imágenes que el recuerdo discernía
De todo lo inmenso cortinado de ilusiones,
El patio envejeció del mismo modo que envejecieron los niños
-Sin dar por la ruina de la transformación.
El luto de la familia, que se cumple con disciplina,
La tradición de las noches de oficio en la voz del padre,
El culto de las letras eruditas,
Todo eso ardió en el fuego de un sabath.
Acostados en la misma cama, enloquecidos,
Los hermanos se poseen. Y gritan.



Oráculo de una sola respuesta,
Entrega amor a tus discípulos,
Sácialos con el amor
Que es sumo veneno para quien piensa,
Y ninguno de ellos osará nuevamente
Entrar en tus misterios.
Di que una fiebre se esconde
En el seno del próximo invierno,
Que los horizontes se están cerrando
Para todos los ascetas.
La inminencia de una tragedia
Despertará los instintos más rebeldes
Que vagan por la atmósfera, entre hombres,
Como un elemento más de la naturaleza.
Observa la cólera estallando,
El vacío abierto por la nostalgia del presente,
Mira al zorro de la montaña rechinándonos los dientes.
Por ti una aldea se estremece
Al sentir que el futuro se apresura.
Torna colosal tu secreto, oráculo –
Trae el temporal, pero no traigas la fiebre.


Traducción : M. Palacios

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