2 jul. 2011

Horacio Preler (Argentina)

MEMORIA DE LA MUERTE


Saber que morimos, ésa es la duda final
de la existencia. Morir hacia caminos de esperanza,
la última palabra decisiva modelando epitafios
y la voz de la golondrina verde del verano.
Saber que el tiempo es un aliado de la muerte
depositando sus retoños,
acumulando reseñas de quebrantados nombres.
La muerte, con su consigna total,
reconcentrada en su dominio inexpugnable,
dominadora de las horas,
plenitud del alma ya inexistente.
Y después esta vida,
así, crujiendo en el honor o la nostalgia,
la vida sin valor y sin memoria
enorme aposento sin emblema dilatando el espacio
con tibios escalones.
La muerte detiene cada día la hojarasca o la voz,
pequeña lámpara que asesina sin culpa
como una amante en una tarde oscura del invierno.
La muerte como una cotidiana materia
que dibuja su solitaria imagen,
llamado incipiente que se desnuda como un hueso,
un esqueleto húmedo y vacío, cortejando la luz,
entregando a la aurora su habitante final.
La muerte general en su ilimitada mansedumbre
y su teñida voz,
que se entrega una vez a la respuesta inalcanzable
legada a la última algarabía del verano,
la íntima plegaria
que cabe en el dedo unánime del tiempo.


(De: Oscura Memoria, 1992)


MEMÓRIA DA MORTE


Saber que morremos, eis a dúvida final
da existência. Morrer em direção aos caminhos da esperança,
a última palavra decisiva modelando epitáfios
e a voz da andorinha verde do verão.
Saber que o tempo é um aliado da morte
depositando sua prole,
acumulando comentários de alquebrados nomes.
A morte, com seu lema total,
reconcentrada em seu inexpugnável domínio,
dominadora das horas,
plenitude da alma inexistente.
E após esta vida,
assim, rangendo o horror ou a nostalgia,
a vida sem valor e sem memória
enorme sala sem emblema dilatando o espaço
com frouxos degraus.
A morte detém cada dia o lixo ou a voz,
pequena lâmpada que assassina sem culpa
como uma amante em uma tarde escura de inverno.
A morte como uma matéria quotidiana
que desenha sua solitária imagem,
chamado incipiente que se despe como um osso,
um esqueleto úmido e vazio, cortejando a luz,
entregando à aurora seu habitante final.
A morte geral em sua ilimitada mansidão
e sua tingida voz,
que se entrega uma vez à resposta inalcançável
doada à última algaravia do verão,
à íntima súplica
que cabe no dedo unânime do tempo.

Traducción: Ronaldo Cagiano

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